Los compis del taller de escritura creativa de Trompeta Verde queremos compartirles unas producciones hechas durante algunas de las mañanas compartidas.

Somos un grupo de creación y de trabajo tanto intelectual como lúdico. Compartimos inquietudes, formas, escrituras, libros, historias, peliculas, guiones, fotografías y todo a lo que nos lleve la imaginación y las ganas de plasmarlo en palabras.

¡Les invitamos a leernos y a formar parte del espacio!

Se acabó el recreó,ya no creo,el sistema se cayó cómo un alud y hay que esperar que te llegué un ataúd.Atados de manos para dar una conferencia en la que no quieren conciencia, mejor entretejidos, entretenidos con conciertos antes un destino incierto. La guerra fue declarada aunque sea una pandemia, será por la estrategia,Primera línea los más débiles,si lo veo como autoboicot desaparecieron pagos, pero el dinero está,y por falsa empatía hay que contar y lamentar a los que ya no están, ser sutil es está siendo inútil.

 

Sebastián Portillo

 

 

No nos miramos siquiera

-No nos miramos siquiera, ni hace falta ya,-dijo ella mirando el techo. A fuerza de ver pasar los días, las horas, los minutos y hasta los segundos, los dos habitantes de esa casa confinada, de esa vida reducidla a cuatro paredes, habían entrado en un letargo infinito. Un letargo que había vuelto mecánicos los movimientos más básicos y necesarios, olvidando todos los demás. Esos dos cuerpos deambulaban de un lado a otro de la casa sólo para cumplir las tareas vitales más básicas; de la cama a la cocina, de la cocina al sofá, del sofá nuevamente a la cocina y de allí al dormitorio, pasando por el cuarto del baño. El confinamiento se había ampliado sin fecha de fin y el verano había llegado a esa ciudad del sur implacable y más feroz que nunca. El día y la noche se iban sucediendo con el común de una temperatura asfixiante. Los continuos cortes en el suministro eléctrico obligaba a abrir las ventanas una vez que la temperatura de la casa subía de los 35 grados. El sudor que empapaba las sábanas de la cama era lo único que unía a esos dos cuerpos en un mismo espacio. Los dos habían dejado de contar los días. Solo eran conscientes de que pasaban las semanas por el paquete de comida que aparecía en la puerta del domicilio. Ya no discutían sobre quién o quienes lo dejaban: el ejército, la cruz roja… ya no importaba, el hecho era que lo recibían como todo el mundo todas las semanas. La gente había dejado de asomarse a las ventanas como todos los días al caer la tarde. Las televisiones y las radios ya solo ofrecían programas y música enlatada de sus hemerotecas. Canciones, películas y programas audiovisuales se repetían una y otra vez a lo largo del día, todos los días. Solo tres veces al día, coincidiendo con el horario aproximado de comidas, una voz, que en principio era femenina y que ahora se había tornado masculina y autoritaria, informaba que ya quedaba poco de confinamiento y que todos permanecieran en sus domicilios. Hacía mese que las redes habían caído y las webs colapsado; ya no quedaban nuevos libros que leer en casa. Llego el día en que ya no recordaban porqué estaban confinados en esa casa. No recordaban sus nombres ni se reconocían. En ese momento, perdieron el miedo porque perdieron la conciencia y salieron de la casa, semidesnudos y descalzos. Recorrieron las calles y se fueron cruzando con los que, hace mucho tiempo, habían sido sus vecinos. Cuando se cansaron de andar se sentaron en los bancos de una gran alameda. La gente iba llegando de distintos lugares y se iban sentando en el suelo, debajo de los árboles, en las fuentes…y empezaron a mirarse y a recordar quiénes eran y porqué estaban allí. Empezaron a hablar unos con otros y una fina lluvia comenzó caer suavemente sobre la ciudad.

 

David Carmona Retamar

 

 

Bitácora de aislamiento

Lunes 23 de Marzo: Tarde en la azotea

 

Empieza la segunda semana de aislamiento y comienzo el día muy temprano con clase de yoga. En realidad no es súper temprano, pero los horarios de cuarentena son muy extraños. Dado ese jet lag un poco inexplicable luego de la clase me quedo dormida en el sillón al lado de la esterilla mientras leo un libro de cuentos de Mariana Enríquez, una autora argentina que me recuerda mi vida en el conurbano bonaerense, y que me causaron alguna pesadilla anoche (pendiente escribir sobre ello).

Me despierto por segunda vez en el día y caliento unas lentejas para almorzar. Afuera hay sol, y adentro ganas de salir. Llevo bien el encierro en general, pero cuando hay sol primaveral en Sevilla el exterior llama.

Después de las lentejas decido llevarme los cuentos a la azotea y seguir leyendo sobre asesinatos y descuartizados en el primer cordón del conurbano bonaerense con un poco de sol dándome en la cara. Con mi lona de la mochila, el vaporizador con alcohol, las llaves y el libro salgo del piso.

La azotea está en el cuarto piso y es un espacio muy típico sevillano. La gente cuelga su ropa que dado el clima suele secarse rapidísimo. Las sábanas claras se interponen en la vista hacia la ciudad, y los rincones con sol representan los espacios mas preciados de este exterior tan limitado.

A lo lejos se ven las torres y las partes más altas de las iglesias, llego a ver una puntita lejana del puente del Alamillo, la Giralda y el vecino corriendo en su azotea cumpliendo con la actividad deportiva del dia.

Encuentro un espacio donde calienta el sol y hago mi campamento. Al abrir la lona me doy cuenta que todavía tiene hojas de la última vez que estuve en el parque. Lo siento tan lejano…

Fue hace dos sábados, quizás no sea tanto, pero cuando una está obligada a permanecer adentro parecen años.

Mientras leo y disfruto del sol, sobre mi cara verdosa de otoño, comienzo a escuchar una armónica que suena muy cerca. Rápidamente, a la armónica se le suma una guitarra y una voz ronca. Capta mi atención y no logro seguir con la lectura. La canción que suena me invade por los oídos, los ojos y el corazón. Suena como un ensayo, la voz y los instrumentos cortan de repente y vuelven a probar la letra y los acordes. Llego a entender algo así como Volveremos a recorrer las calles, volveremos a cantar, gracias a la solidaridad.

Mi primer impulso es googlear la canción, pero no la encuentro. Entonces, me autoenvío un mensaje de audio por whatsapp para poder volver a escucharlo. ¿Por qué esa manía de guardar las cosas para poder volver a ellas en lugar de disfrutarlas en el momento? No lo sé.

Hace unos pocos días encontré en la casa que alquilo una armónica muy vieja. Me alegró tanto encontrarla ya que siempre me gustó y extraño mucho la mía, que quedó en mi país y que por apego o no se por qué aun no compré otra, que al escuchar que alguien tan cerca podía hacerlo, me dio alegría. Imaginé clases desde azotea a azotea, como aprendizaje de confinamiento. Las clases mas extrañas que podría haber tenido.

Al terminar la canción,  me acerco al borde de la azotea y aplaudo para llamar su atención. Era una persona real, alguien que hablaba y que podía hacer música, mucho más de lo que habia visto durante las semanas que llevaba de confinamiento solitario en mi piso.

—¡Muy buena!— le suelto para que descubra que tiene público —Estoy leyendo aca arriba y de golpe tu melodía llenó el silencio y me hizo muy bien.

El hombre mira hacia arriba sorprendido.

—¡Bueno, gracias! Estoy componiendo esta canción para cantarla en los bares cuando podamos salir, pero será solo una vez. Tiene fecha de vencimiento.

Conversamos unos minutos. Dice que a él le gusta otro tipo de música y para demostrarlo hace unas partes cortas de unos rocks mas pesaditos y divertidos. Graciosos. Habla de Sabina y, al notar mi acento, suma a su discurso que disfruta de muchos artistas argentinos. El primero que trae es Calamaro y me confiesa su admiración hacia él, no exactamente por su música, sino porque no lo pueden vincular políticamente con nada ni con nadie, él dice lo que piensa y ya.

Nos decimos adiós, agradeciéndonos el momento y cada uno vuelve a su micromundo de aislamiento social: él con su musica, yo con mis cuentos.

Daniela Sol Ramos Druetta

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