Mini Cerati

 

Soy invisible para muchos, aunque todos llegan a conocerme por mi música. Soy una persona de mirar adentro, aunque pensar en el mundo también me hace pensar en mí. La música es el método de mantenerme alerta ante los problemas y recordar que lo bueno siempre llega a ser visible, pero se transforma. Mi propia filosofía es aprender de otros lo que no hay en mí.

Belén Martel

 

Sentidos

 

Antes de abrir la puerta de la calle se repite el mismo ritual: cambiar los zapatos a los que usas solo fuera de casa, te pones la mascarilla e introduces las manos en los guantes. El látex se pega como una segunda piel, asfixiando toda sensación táctil. Solo sientes el frío del material aséptico que estos días te brinda una falsa sensación de seguridad.

Sales de casa y a unos metros andados las manos empiezan a sudar como si una parte de tu cuerpo quisiera escapar de los guantes. Miras hacia abajo. Imaginas el interior del guante con esa película de sudor que separa la carne del látex. Desde fuera el color naranja de la piel se ha vuelto blanco y grisáceo, resaltando las líneas negras del bello y el blanco de las uñas se torna más oscuro. El olor en la calle es limpio, una mezcla de hierba mojada y recién cortada.

Las calles parecen avenidas más amplias y con más luz, con mas espacio para recorrer. Por una vez eres consciente de lo pequeño de tu cuerpo en la inmensidad del laberinto urbano. Al pasar por la cafetería donde muchas tardes paras a merendar, recuerdas el sabor de la tarta de zanahoria y chocolate que tanto te gusta. Llegas al supermercado y los sentidos se agudizan, el cuerpo se tensa y te mantienes en alerta en todo momento: guardar la distancia de seguridad, recordar todo lo que tienes que comprar, no desesperar si ves algún producto de primera necesidad agotado…

Vas cogiendo los artículos sin sentir ningún estímulo táctil; los guantes solo te permiten controlar la presión que haces sobre ellos. Pasas por caja y sales del super, te sacas la mascarilla para volver a oler algo, la calle, los árboles de la avenida, sentir los últimos rayos de la tarde en la cara hasta llegar a casa.

Cierras la puerta tras de tí. Te descalzas, dejas la compra, te sacas el látex como si mudaras la piel y te limpias las manos en el lavabo, con rabia, frotando tan fuerte que quedan coloradas y doloridas.

Te miras al espejo y te preguntas cuándo acabará esto.

En ese momento los aplausos rompen el silencio y lo invaden todo.

David Carmona

 

Trabajo de «Clases»

 

SebaApoyo inútil sin empatía ni sentido común.
Ante una necesidad no pasa de pasa de ella.
Ante un mundo que por su inmensidad no podemos ver pasamos de el y así por la infinidad de las grandes importancias. Nos encontramos delante con todas nuestra atención a lo mundano inverosímil que nos hace replantear nuestra vida de ese punto a 5″minutos delante, hallando la satisfacción volvemos a retomar el mismo criterio y sin apreciar que o quien tenemos de frente vemos nuestra posibilidad de ayudar, el tiempo, los medios y el impacto que causaría en mi rutina,sigo con lo mundano lo burdo que no cambia que crea desigualdad entre lo precario,medio y abultado, me desato de lo precario escapo por un túnel solos se que tengo que correr y no puedo para a levantarme a quien está en el suelo tengo que seguir, llegué hasta una pócima de media profundidad y ahora quiero una olímpica, ya no siento los brazos de tanto nadar

Sebastián Portillo

 

Fantasmeando

Había descubierto, luego de extrañas sensaciones y sin poder distinguir con facilidad si soñaba o estaba despierta, que tenía la capacidad de realizar y recordar perfectamente los viajes nocturnos. Había leído alguna vez sobre la capacidad de separarse del cuerpo físico y moverse y, en ese estado de letargo cuarenteneado que llenaba mis días, eso estaba pasando y ya no me preguntaba cómo. Sólo lo disfrutaba.

La situación era sencilla: hacer una cena liviana (luego de meses de batallar contra las pesadillas, entendí que lo mejor era cenar sopa o ensalada), dormir entrada la madrugada (para poder disfrutar del silencio de la calle y de la casa mientras los demás duermen) y realizar alguna actividad creativa durante ese momento de paz: aprovechar para escribir, escuchar algún podcast, o leer en la cama hasta no ser capaz de darme cuenta del momento en el que se cierran los ojos.

Luego de un buen rato en paz, el viaje nocturno empezaría: salir por la ventana, dejando el cuerpo en su lugar.

Desde el balcón de una calle oscura se escuchan música y gritos. Gente contenta, compartiendo un momento, disfrutando la compañia de los demás, que extraño se ve.  Que hermoso no dejarme ver.

Me asomo por la ventana y disfruto, aún como la novedad, la posibilidad de ir pasando frente a frente de cada persona. Parece una reunión de amigos, normal y corriente. Pero hace tanto que no lo veo, que parece un gran fenómeno. Me quedo un rato sentada en las rejas del balcón, analizando la situación que se vive. Un altavoz ofrece música con mucho ritmo que lleva a las personas a moverse a para bailar, cantar y gritar, fuerte y sin necesidad. Algunos de ellos parecen disfrutarlo y me doy cuenta que a mí tambien me gusta un poco, por algún motivo sigo sentada en ese balcón observando para adentro.

El ventilador mueve el aire fresco de la noche que entra al salón del piso, como yo, flotando por la ventana. Lo más próximo es un sillón oscuro con dos mujeres sentadas que conversan tranquilamente y cada poco sueltan una estruendosa carcajada dejando a la vista el efecto de los hongos recién consumidos y entrelazándose en besos y abrazos furtivos, mientras se funden en algun baile.

Lo bueno de andar sin que te vean es que no interrumpís el momento, aún pasando frente a ellas con la cara brillante y predispuesta a ser interpretada por las alucionaciones. Me gusta confundir a las personas cuando creen que son las sustancias. De golpe permitirles verme, de golpe no. Confundirlas, y observar sus caras que cambian, se sorprenden, se extrañan.

La misma música mueve a las tres mujeres que bailan frente al grupo, intercambiando sonrisas y movimientos sensuales entre ellas, interactuando con las paredes, los marcos de las puertas y hasta los sillones para las más perezosas. De repente una abre la puerta del baño y se asoma tirada en el suelo. Otra la mira sorprendida, un poco asustada, hasta que desde el piso canta fuerte el estribillo de la canción y todos explotan en carcajada.

Pasar entre medio de ellas me gusta ya que pueden sentirme al tacto y juego a perrear desde las tinieblas para ver qué dicen, qué hacen. Pellizco alguna nalga para molestarlas y las hago reirse entre ellas, las empujo un poquito y ya tengo ganas de irme.

En el lateral opuesto la primer sillón, hay otro. Muy parecido. Allí, tres conversan. Tranquilos, cerca y lejos. La del medio parece estar absorbida por los almohadones, largando un bostezo amplio a cada rato, él habla sin parar con la otra mujer. Arman como un puente de palabras por encima de la somnolienta. Otra de ellas baila sentada en el sillón mientras suma algún bocado a la conversación sobre teorías conspiranoides, él, el unico hombre de la situación, toma algo y observa. No acepta las invitaciones a bailar, solo se mueve para levantar al gato. La del medio bostezade nuevo.

 Esa situación me resulta familiar, si realmente estuviera en esta fiesta seguramente estaría bostezando como ella, pero ahora me toca este rol, interesante rol, que quiero seguir teniendo mucho tiempo más.

 Una fiesta, normal y corriente, la gente compartiendo un rato, tomando algo, fumando, escuchando música, conversando. Me da tranquilidad poder viajar sin que me vean por esos espacios que ahora sólo veo entre nebulosas de personas forzando una situación.

 Me vuelvo a la ventana. Voy a salir por donde entré, estoy lista para seguir el recorrido de hoy. Paso flotando frente a las dos mujeres del primer sillón, provocando una confusión totalmente adrede en una de ellas. Sin embargo, un error de cálculo: me atrapa, toma mi pie, me agarrró, no me deja salir. Lo muevo rápido para que me suelte, pero me sostiene con fuerza. Me comienzo a desesperar.

-¿No la ves? Te digo que hay una mujer acá, mirá, fijate acá en mi mano, la estoy sosteniendo del tobillo. En serio ¡tocá!— le decía gritando a su compañera de sillón que no paraba de reirse y no lograba ni siquiera abrir los ojos chinos.

-Que te digo que no estoy inventando ¡miren!

Me había descubierto. Mi único miedo en todo este tiempo fue perder la capacidad que se me había otorgado sin pedirla y de repente, sin querer ni saber cómo, se me había ido.

—¿Quién sos? — me preguntó mirándome a los ojos— ¿Qué hacés? ¿Cómo entraste?Empecé a notar como mi cuerpo se volvía pedacito a pedacito visible. Mi tobillo ya estaba nuevamente completo, podía ver hasta mi pulsera en su mano, era yo, no había dudas. Sentía mi cuerpo pesado, empecé a notarme encima de ese sillón, encima de esas dos mujeres, intentando dar con la ventana que se alejaba segundo a segundo.

— Soltame, soltame— sólo podía decir. Mi desesperación crecía. Tenía claro que el efecto había terminado. Tan fácil vino, tan fácil se va. Tan hermoso e ideal había sido vivir siendo invisible que no recordaba como interactuar— soltame, por favor— se me empezaron a caer las lágrimas, la desesperación tomó forma de miedo, solo quería irme, tenía terror de no poder retomar mi cuerpo, mi vida, y ahora ¿Cómo volvía? ¿Quién había quedado en mi cama? ¿Cómo es que habia terminado mi tiempo? ¿Por qué? ¿Qué había hecho mal?

-¡Te brillan los dientes!— dijo, mirándome fijo y muy cerca, la que me sostenía del tobillo.

Yo sólo quería huir. Dentro de mí comenzó a nacer una fuerza extraña que no me permitía hablar, la energía recorría mi interior, y aún sin poder soltarme de su mano, mi tobillo comenzó a oscurecerse hasta desaparecer nuevamente.

Me estaba volviendo invisible otra vez, no sabía controlarlo. Ella me seguía sosteniendo y seguía riéndose de mis dientes, yo me achicaba, me volvía visible y luego invisible otra vez. El cambio gradual de mi tamaño hizo que de su mano se escapara mi pie. Ella se aflojó, yo me achiqué y pude salir.

Salté rapidamente a la ventana, el ventilador quedó enganchado en mi otro pie y lo tiré sin querer. Caí a la calle oscura, con el ventilador desarmado al lado y con todo el peso sobre mi brazo derecho que nunca mas volvío a funcionar igual.

Corrí, sólo corrí, sin pesar en nada, ni en nadie. Las personas en la fiesta gritaban algo desde el balcón, no les entendía. El miedo me empujaba, no me daba cuenta si era invisible o no, si estaba soñando o no. Me subí al primer autobús que pasó, actué normal, me salió perfecto.

-Buenas noches, uno por favor.

-Buenas noches, señora ¡qué calor está haciendo!

Me senté en el primer lugar. El autobús estaba vacío. Sólo quería alejarme de allí, regresar a mi casa. Pasaron unos pocos minutos y cuando me sentí mas tranquila y reconocí la zona por la ventanilla me bajé, y caminé.

Anduve varios minutos observando las caras de las personas que cruzaba. Me podían ver, ya no podía flotar.

Llegué a casa y toqué el timbre, deseando que mi compañera de piso lo escuchara.

-Compi ¿Qué pasa? No te escuché salir, pensé que estabas en la habitación. ¿Te sentís bien? Tenés cara extraña…

-Estoy bien, muy cansada. Me voy a dormir.

Entré en mi habitación y ahí seguía durmiendo.

Daniela Ramos Druetta

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